Raúl Abad
Quienes me conocen saben que no soy hombre de muchas palabras; siempre he preferido que hablen mis manos. Y si mis manos hablaran hoy, les dirían que están hechas de texturas, de cicatrices y, sobre todo, de un respeto profundo por la materia.
Mi nombre es Raúl Abad y mi idilio con el volumen empezó cuando era solo un niño de 9 años, modelando mis primeras piezas de barro. En aquel momento, descubrir que podía transformar una masa sin forma en algo con vida propia fue una revelación. Desde entonces, mi andadura ha sido un viaje de aprendizaje continuo, un pulso constante con los tres elementos que han definido mi vida y mi carrera: la madera, el mármol y el bronce.
Cada uno de estos materiales exige una relación distinta, casi un lenguaje propio.
La madera: Te obliga a escuchar. Tienes que respetar su veta, su aroma, su calidez; entender que estás esculpiendo algo que estuvo vivo y que sigue latiendo bajo el formón.
El mármol: En cambio, es pura exigencia. Frente a un bloque de mármol no hay margen de error. Es una lucha física contra la dureza de la piedra para arrancarle la ligereza, el movimiento.
El bronce: el bronce es el juego del fuego y la transformación. Es el proceso mágico de ver cómo una idea blanda se vuelve eterna, atrapando el detalle para siempre.
A lo largo de los años, he transitado desde la disciplina de la imaginería hasta la monumentalidad de la escultura pública. Pero el arte no es estático. Lo que hoy ven en esta galería es el destilar de toda esa experiencia. Es mi obra actual, donde ya no busco solo demostrar lo que puedo hacer con la materia, sino desnudarla, buscar la esencia de la forma y conectar con algo más íntimo.
Crear escultura es un proceso solitario. Pasas meses en el taller rodeado de polvo, serrín y ruido. Pero el viaje no termina en el taller; termina hoy, aquí. Una escultura solo está viva cuando alguien la rodea, cuando la luz incide en sus relieves y cuando despierta una emoción en quien la mira.